Todo lo que ya estaba dentro
Todo lo que ya estaba dentroCapítulo 2 de 13

Los animales no miran al mar

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No dijo que antes había roto un plato contra el fregadero. No dijo que la había sujetado por los brazos ni que, al soltarse, ella le había dado un empujón con ambas manos.

Tampoco dijo que Mora salió detrás de él y que, durante casi una hora, Elisa permaneció sentada en el suelo de la cocina escuchando el viento. En el formulario figuró:

«Discusión doméstica sin violencia física». Elisa leyó la frase y no la corrigió.

—No lo decía en serio —comentó Andrés.

Elisa miró la fuente de caldo entre los dos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque siempre volvía.

Andrés bajó la vista al caldo. La grasa había formado una piel amarilla. Mora dejó de acercarse al acantilado. Cuando Elisa tiraba de la correa, la perra clavaba las patas y miraba hacia la casa.

LA NOCHE ANTERIOR Tomás cenó de pie. Había bebido. Preguntó por qué Elisa había llamado a una inmobiliaria. Ella dijo que quería saber cuánto valía la casa.

—La casa es mía también.

—No he dicho que vaya a venderla.

—Lo estás pensando.

El plato se rompió contra el fregadero. Mora se escondió debajo de la mesa. Tomás agarró a Elisa por encima de los codos. No apretó al principio. Había aprendido a empezar con una presión que pudiera confundirse con una petición.

—Mírame cuando te hablo.

Ella miró. Durante años había intentado encontrar el punto exacto en que el rostro de Tomás dejaba de ser el de un hombre enfadado y se convertía en otra cosa. Nunca lo consiguió. El cambio ocurría antes de que ella pudiera verlo. Cuando él aflojó una mano para señalar la puerta, Elisa lo empujó. Tomás cayó contra la mesa. Se hizo un corte en la ceja. Ambos se quedaron quietos.

—Ahora sí —dijo él—. Ahora ya puedes contar que soy yo.

Cogió la chaqueta y salió. Mora lo siguió. Elisa cerró la puerta con llave.

—Habrá entrado por la chimenea.

No había chimenea en aquella parte de la casa.

—Quiero que te vengas conmigo unos días —dijo.

—No.

—Quedarte aquí no demuestra que lo quisieras.

Elisa abrió la boca, sorprendida por la precisión de la frase.

—¿Quién ha dicho que intento demostrar eso?

Andrés se agachó para acariciar a Mora. La perra se apartó.

La primera vez que oyó su voz fue desde el piso de arriba.

—¿Dónde están mis llaves?

Una pregunta ordinaria. Precisamente por eso subió. El dormitorio estaba vacío.

Sobre la cama había una zona mojada con la forma de un hombre sentado. En el suelo, Mora gruñía hacia el espejo. Elisa se acercó. El reflejo mostraba la habitación unos segundos antes: la puerta todavía cerrada, la colcha lisa, una figura detrás de ella. No se volvió. En el espejo, Tomás levantó la mano y señaló la ventana. Elisa salió del dormitorio caminando despacio. Solo echó a correr al llegar a la escalera.

LA ÚLTIMA DISCUSIÓN, SEGÚN ANDRÉS Años después, Andrés diría que Tomás había ido a su casa aquella noche. Que llegó con sangre en la ceja, llorando, y que confesó haber asustado a Elisa. Andrés le ofreció dormir en el sofá. Tomás se negó.

—Tengo que volver antes de que cierre del todo —dijo.

Andrés interpretó que hablaba de su mujer. Quizá hablaba de la casa.

—Suéltame.

La perra no soltó. Desde la casa llegó la voz de Tomás. No pronunciaba su nombre.

Pedía ayuda con el tono exacto que había utilizado otras noches, cuando rompía algo y después lloraba, cuando decía que sin ella no sabía detenerse. Elisa permaneció con una pierna sobre el muro hasta que el muslo empezó a temblarle. Detrás, Tomás volvió a pedir ayuda. Abajo, la zapatilla no se movió. Se quitó el abrigo. Mora cayó hacia atrás con la prenda entre los dientes. Elisa no bajó al sendero. Tampoco volvió a la casa. Caminó hasta el pueblo en jersey, bajo una lluvia fina.

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