La marea de devolución no era una marea.
Iria lo sabía porque las mareas obedecían a la luna, a la pendiente submarina, al viento, a una suma de fuerzas que podían escribirse sin utilizar la palabra capricho. Aquello no. Aquello llegaba cuando quería, a veces dos veces en una semana y después nada durante cuatro meses, y traía lo que el mar no tenía derecho a traer.
A las nueve y doce de aquella mañana dejó en la playa ciento diecisiete objetos, tres animales muertos y una porción de pared con papel pintado de flores verdes.
Iria bajó con las botas altas, un impermeable que perdía agua por el hombro izquierdo y la libreta plastificada donde anotaba lo que aún podía anotarse. Detrás venían Brais con el carro de ruedas anchas y dos muchachos contratados por el ayuntamiento para los días de devolución, uno de los cuales preguntó si debía tocar las cosas con guantes.
—Si muerden, sí —dijo Iria.
El muchacho se quedó mirándola.
—No suelen morder —añadió.
La playa olía a algas machacadas, gasóleo y madera mojada. Las devoluciones quedaban siempre por encima de la línea normal de espuma, depositadas con una precisión que al principio había excitado a periodistas y a gente que viajaba cuatro horas para mirar una cuchara oxidada como si el universo acabara de abrir una sucursal. Después la costumbre hizo su trabajo. El pueblo aprendió a rodear los objetos. Los niños dejaron de faltar a clase por ir a verlos. Los restaurantes retiraron de las cartas el menú Marea. Solo seguían bajando los propietarios de pensiones, los curiosos nuevos y, algunas veces, personas que habían recibido una llamada de la oficina porque algo que habían perdido veinte años atrás acababa de aparecer cubierto de sal.
Iria trabajaba para el Taller de Restituciones, que era menos importante de lo que sonaba. Un galpón con techo de chapa, dos mesas grandes, estanterías numeradas, un baño cuyo pestillo llevaba roto desde la anterior legislatura y un calentador de agua que tosía antes de encender. Allí limpiaban, estabilizaban, reparaban cuando era posible y clasificaban. Luego las piezas pasaban a reclamación. Si nadie demostraba una relación suficiente con ellas, se almacenaban. Si ocupaban demasiado, se destruían. Si nadie sabía qué eran, se enviaban a la capital, donde existía gente mejor pagada para no saber qué eran.
La primera pieza que recogió fue una hebilla de cinturón. Después una taza con la palabra RITA en el fondo. Después un paquete de quince baldosas idénticas, secas pese a haber llegado entre espuma. Después un dispositivo dental de metal. Después una sandalia infantil sin desgaste en la suela.
La pared medía ochenta y seis centímetros de ancho por ciento dieciocho de alto. Conservaba un interruptor antiguo y una sombra rectangular donde había estado colgado algo. Entre Brais y los dos muchachos la pusieron en el carro.
—Esto no cabe en el taller —dijo Brais.
—Cabe si tiramos tu mesa.
—Mi mesa cabe mejor que una pared.
—Eso es porque la mesa ya sabe dónde está.
Brais le dirigió la expresión que reservaba para las frases de Iria que no sabía si eran bromas. Tenía cincuenta y tantos, rodillas malas y una paciencia que no era virtud sino agotamiento. Había trabajado en el puerto hasta que una caja de caballa congelada le aplastó dos dedos. Ahora limpiaba pérdidas ajenas con una concentración casi religiosa y robaba el café soluble de la sala de reclamaciones.
A las diez menos cuarto encontraron un zapato de tacón, un manojo de pelo trenzado, una regla de madera con nombres de ríos borrados y una puerta completa sin marco. La puerta estaba cerrada. No tenía pomo por un lado. Por el otro sí. Brais intentó abrirla y descubrió que daba a la arena.
—Menos mal —dijo.
—¿Qué esperabas?
—No esperaba nada. Es una puerta.
—Con las puertas conviene tener expectativas bajas.
Iria anotó dimensiones, material, estado y una marca en el canto. No sabía de dónde sacaba el Taller sus formularios. Tal vez existiera una oficina nacional dedicada a decidir cuántas casillas hacían falta para describir una puerta que había desaparecido de algún lugar del mundo y regresado por una playa donde nunca estuvo. La categoría «procedencia» admitía treinta y seis caracteres. La categoría «circunstancias del extravío» dejaba tres líneas.
A las diez y veinte apareció una mujer con bata de casa bajo el abrigo, acompañada de su yerno. Venía porque la habían llamado por una máquina de coser Singer devuelta durante la noche. La mujer tocó la carcasa negra, dijo que no era esa, la volvió a tocar y empezó a llorar. El yerno preguntó si podían llevársela de todos modos. Iria le explicó que no.
—Pero se parece mucho.
—A eso se dedica parecerse.
—Mi suegra dice que es la suya.
La mujer seguía negando con la cabeza mientras lloraba.
—Su suegra dice que no.
—Ya, pero lleva quince años diciendo que la busca.
Iria miró la máquina. En la base, casi cubierta de sal, había una pegatina con un taller de reparación de otra provincia. La mujer leyó el nombre y dejó de llorar con una brusquedad que parecía enfado. Se limpió la cara con el puño de la bata.
—Pues que se la metan por el culo.
Y se fue.
A las once, cuando el sol abrió una franja pálida entre nubes, Iria encontró el silbato.
Estaba medio hundido entre guijarros negros, tan poco extraordinario que lo habría metido en la bandeja de objetos pequeños sin mirarlo dos veces. Madera clara. Cinco agujeros. Barniz barato cuarteado junto a la embocadura. Tenía marcas de dientes.
Lo levantó.
El cuerpo hizo algo antes que ella.
No fue un recuerdo. Fue la lengua contra la parte interior de los dientes. Un sabor que no estaba allí: barniz tibio, saliva ajena, polvo de pan. La mano derecha cerrándose en torno a un objeto quitado muchas veces. Una molestia exacta, antigua y doméstica. El conocimiento de que el tercer agujero, contando desde arriba, sonaba mal cuando se tapaba del todo.
Iria se quedó inmóvil.
Brais, que arrastraba el carro, le dijo algo que no oyó.
Acercó el silbato a la boca.
Sopló.
El sonido salió pequeño, desafinado, irritante.
El tercer agujero falló.
Iria dejó de respirar.
Durante un segundo la playa no cambió. Las gaviotas siguieron peleándose por un pez muerto. Uno de los muchachos soltó una maldición porque se le había llenado la bota de agua. Brais empujó el carro. En el paseo marítimo una furgoneta dio marcha atrás con un pitido regular.
Todo permanecía exactamente en su sitio.
Eso fue lo que la asustó.