El lugar al que van las cosas perdidas
El lugar al que van las cosas perdidasCapítulo 2 de 140

El silbato

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En el Taller había una bandeja para objetos que podían contener otros objetos. Era una precaución aprendida después de que un monedero devuelto trajera dentro seis dientes humanos y una caja de música, al abrirse, soltara un escarabajo que nadie consiguió clasificar y que vivió tres semanas detrás del radiador.

Iria puso el silbato en la bandeja.

No dijo nada.

Durante la limpieza de la marea trabajó con la obstinación de quien intenta convencer a sus manos de que solo existen manos. Quitó sal a una prótesis de antebrazo. Separó las páginas de un cuaderno escolar. Encajó provisionalmente las piezas de una caja de herramientas. Pesó una piedra que quizá no era una piedra y la dejó en «indeterminados» porque no le apetecía que la capital le telefoneara otra vez para preguntarle qué entendía exactamente por piedra.

El silbato permaneció a dos metros, visible.

A mediodía Brais hizo sopa instantánea en dos tazas.

—Estás rara.

—Tú estás cojo y no te lo digo cada día.

—Yo estoy cojo cada día.

Iria bebió. La sopa sabía a sobre y agua demasiado caliente. Tenía hambre de algo más sólido, pero quedaban nueve días para cobrar y el alquiler había subido treinta euros ese mes. En un cajón guardaba un trozo de queso envuelto en papel de aluminio. Decidió no empezarlo todavía. Pensó en el silbato. Después pensó deliberadamente en la prótesis, que necesitaba desmontar la articulación de la muñeca. Después otra vez en el silbato.

—¿Lo conoces? —preguntó Brais.

Iria levantó la vista.

—¿Qué?

—Eso.

—No.

—Has puesto cara de conocerlo.

—Tengo una cara limitada.

Brais se encogió de hombros. No insistió. Esa era una de las razones por las que seguían trabajando juntos después de ocho años: sabía distinguir una puerta cerrada de una invitación a derribarla.

A las cuatro, cuando los contratados se fueron y Brais salió a reclamar una bombona de gas, Iria llevó el silbato a su mesa.

Bajo la lupa encontró una línea irregular en el extremo. Parecía una reparación vieja. Pasó una espátula fina por la junta. La madera cedió con un chasquido mínimo y dejó al descubierto una cavidad que no pertenecía al instrumento original.

Dentro había un papel enrollado.

Iria se sentó.

El papel estaba seco.

No húmedo y después secado. Seco como si acabara de salir de un cajón. Lo extendió con pinzas. Apenas medía tres dedos. La escritura había sido hecha con algo oscuro que no parecía tinta común. Cuatro palabras. Una coma. Después su nombre.

Si esto ha vuelto, vienen.

Iria.

No había firma.

Leyó tres veces.

En la cuarta, la frase cambió sin cambiar: no era una advertencia dirigida a Iria porque alguien conociera su trabajo en la costa. Era una frase escrita por alguien que sabía que el silbato podía volver. Alguien que había contado con la marea. Alguien que sabía su nombre y, peor, sabía que ella sabría qué significaba «esto».

Ella no lo sabía.

Se llevó los nudillos a la boca.

El gesto le produjo otra sacudida física. Una mano pequeña intentando meterle un silbato mojado en el bolsillo. Un ruido repetido detrás de una puerta. La frase no soples dentro de casa, dicha con cansancio, no con ternura. Después nada. No una imagen que se desvaneciera: nada desde el principio. La sensación de haber llegado tarde a un recuerdo que había cerrado.

Guardó el papel en una bolsa transparente. Fotografió el silbato, la cavidad, las marcas de dientes. Luego abrió el sistema de registro.

Objeto 24-117.

Madera, instrumento de viento, fabricación artesanal o juguete.

Estado: estable.

Procedencia: desconocida.

Circunstancias del extravío:

Iria dejó el cursor parpadeando.

Escribió: desconocidas.

Borró la palabra.

Escribió: no constan.

Borró también eso.

Cerró la ficha sin guardar.

A las cinco y cuarto, en lugar de depositar el silbato en el armario de cuarentena, se lo metió en el bolsillo interior del abrigo.

Robar piezas era una cosa que Iria hacía. Nunca objetos enteros con posible reclamante; tornillos, arandelas, cierres, una bisagra de latón, cuentas de vidrio sueltas. Trozos de pérdidas que nadie iba a reconstruir. Se decía que los usaba para reparaciones privadas. A veces era verdad. El silbato no entraba en esa justificación y ella lo supo con la misma claridad con la que supo que no iba a devolverlo.

Al salir, el cielo se había vuelto de un gris grueso. Caminó hasta su casa por la cuesta del mercado, compró dos cebollas, seis huevos y el pan más barato. El panadero le dio una barra demasiado cocida.

—Está como una piedra —dijo Iria.

—Mañana te doy otra.

—Mañana esta seguirá estando como una piedra.

—Pues úsala para defenderte.

En su piso dejó el pan en la cocina, se quitó las botas y permaneció un rato de pie junto a la mesa. Vivía sola en un segundo sin ascensor, dos habitaciones, cocina estrecha, baño reformado a medias. Había humedad detrás de un armario y un azulejo del suelo se movía cuando se pisaba cerca del fregadero. Conocía esos defectos como se conocen las articulaciones propias.

Sacó el silbato.

Lo puso sobre la mesa.

La casa pareció reorganizarse alrededor del objeto. No físicamente. Las distancias eran las mismas. La nevera continuaba haciendo su pequeño golpe al apagarse el motor. En el patio interior alguien discutía por teléfono. Una tubería vibró.

Iria miró el silbato.

—Vienen quiénes —dijo.

Su voz dentro de la cocina sonó demasiado grande.

No esperaba respuesta. Aun así, la ausencia de respuesta tuvo forma de algo que la conocía.

Cenó dos huevos fritos y la punta del pan. Al cortar la barra llamó trasca al extremo duro.

Se quedó con el cuchillo en el aire.

Trasca.

No era una palabra.

O sí. Buscó en el teléfono. Aparecieron resultados que no tenían relación. Un apellido, una empresa de transportes, una página en otro idioma. Nada que significara el extremo de una barra de pan.

Iria repitió la palabra una vez, muy bajo.

La lengua sabía dónde ponerla.

No supo de dónde la había sacado.

Esa noche durmió mal. Soñó con una habitación a la que le faltaba una pared. No había nadie dentro. Sin embargo, alguien respiraba.

A las cuatro y once se despertó con la certeza de que en el pasillo acababan de sonar pasos pequeños.

Encendió la luz.

No había nadie.

Su piso tenía exactamente el mismo número de habitaciones que el día anterior.

Por la mañana empezó a comprobarlo.

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