La marca estaba en el interior del armario del dormitorio pequeño.
Iria llevaba seis años utilizando esa habitación como trastero. Allí acumulaba cajas de herramientas, ropa que ya no se ponía, un ventilador sin rejilla, dos sillas plegables, botes de pintura medio secos y objetos del Taller que no había robado exactamente porque estaban destinados a destrucción y destruirlos le había parecido una estupidez.
El armario era empotrado. Cuando retiró las cajas del estante inferior para buscar humedad, vio una línea de lápiz en la madera lateral.
127
A la altura de la línea, la cifra estaba escrita con su letra.
No una letra parecida. Su forma de hacer el siete, con una barra horizontal corta. El uno ligeramente inclinado. La presión excesiva al empezar el dos.
Iria se agachó.
Debajo había otras marcas, algunas borradas con lija o pintura.
119
123,5
125
En dos puntos solo quedaban arañazos donde el grafito había penetrado bajo una capa de barniz posterior.
Se puso de pie y midió desde el suelo.
La línea 127 estaba exactamente a ciento veintisiete centímetros.
Se quedó mirando el interior del armario con la cinta métrica en la mano.
No tenía hijos.
La frase apareció completa y sin emoción, como un dato que no necesitaba defensa.
No tenía sobrinos que hubieran vivido con ella. No había alquilado la habitación a una familia. El piso había sido de su madre y, antes, de una pareja que se marchó cuando Iria tenía doce años. Las marcas eran recientes en comparación con la madera. Diez años quizá. Quince como máximo.
Iria cerró el armario.
Lo abrió otra vez.
Las marcas seguían allí.
Ese día llegó tarde al Taller. Brais estaba desmontando la puerta devuelta de la marea anterior porque la madera empezaba a hincharse.
—¿Tienes hijos? —preguntó Iria sin quitarse el abrigo.
—Dos. Siguen insistiendo.
—¿Les medías en una pared?
Brais levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Cuando eran pequeños. La altura.
—En el marco de la cocina. Mi mujer. Yo no tenía paciencia para esas cosas.
—¿Y si no recordaras haberlo hecho?
—¿Medirlos?
—Tenerlos.
Brais dejó el destornillador.
—¿Has dormido?
—No mucho.
—Eso explica casi todo y sale más barato que otras explicaciones.
Iria fue a su mesa. Puso a calentar agua. No quería contarle lo del armario. Tampoco lo del silbato. La decisión le resultó absurda; Brais conocía el Taller, las devoluciones, había visto objetos que llegaban con fechas imposibles. Pero decir en voz alta «puede que no recuerde a alguien que vivió en mi casa» convertía una anomalía en una pregunta, y las preguntas tenían la mala costumbre de exigir más espacio que las cosas.
Durante la mañana limpió una caja de cubiertos de plata. Faltaban todos los cuchillos. Había once cucharillas.
A las doce, una mujer joven llegó para reclamar una mochila escolar. Traía fotografías, factura antigua, una declaración de extravío y una niña de ocho años que no había nacido cuando se perdió la mochila. La reclamante pasó los dedos por una mancha de rotulador en el bolsillo frontal.
—Es esta.
—Necesito que me diga algo que no aparezca en las fotografías —dijo Iria.
La mujer la miró molesta.
—La cremallera interior se engancha.
Iria probó. Se enganchaba.
—Había una moneda debajo del forro.
Iria palpó. Notó una dureza redonda.
—¿Qué moneda?
—Veinte céntimos.
La niña se impacientó.
—Mamá, vámonos.
—Un momento.
Iria abrió una costura mínima y sacó la moneda. Veinte céntimos, año 2004.
La mujer sonrió. No lloró. Parecía más sorprendida por haber tenido razón que por recuperar el objeto.
—La perdí con catorce años —dijo—. Mi padre me mató.
La niña miró a su madre.
—No te mató.
—Es una manera de hablar.
—Pues no la uses.
Iria entregó los documentos para firmar. La niña se puso la mochila demasiado grande, se miró en el cristal de una vitrina y dijo que era fea.
Cuando se fueron, Iria pensó que una persona podía recuperar una parte de los catorce años y descubrir que su hija de ocho la encontraba fea.
Eso le pareció, por algún motivo, tranquilizador.
A la hora de comer volvió a casa.
No solía hacerlo. El Taller estaba a veinte minutos andando y su descanso duraba cuarenta y cinco. Pero corrió parte del camino.
Sacó las cajas del armario otra vez. Buscó detrás, debajo, arriba. Encontró polvo, un pendiente que creía perdido, un recibo de una ferretería, tres canicas.
Tres canicas.
Iria las sostuvo en la palma.
Una azul, una blanca, una transparente con una espiral amarilla.
No jugaba con canicas de niña. Su hermano sí, pero su hermano había muerto joven y nunca vivió en aquel piso después de la reforma. Las canicas tenían arañazos, suciedad vieja en las grietas.
La transparente le produjo otra reacción. No memoria. Dirección. Supo que si la lanzaba por el pasillo rodaría hacia la cocina y se metería bajo el mueble de la despensa. Supo también, con una seguridad física, que alguien se enfadaba cuando perdía precisamente esa.
La dejó caer.
Rodó por el pasillo.
Entró en la cocina.
Se metió bajo la despensa.
Iria se sentó en el suelo.
El azulejo móvil presionó bajo su muslo.
No tenía hijos.
Dijo la frase en voz alta esta vez.
Sonó como una mentira aprendida.