La pila de platos subía más deprisa que la música de la boda. Maribel Soria Moreno iba separándolos por tamaños con las manos metidas en espuma gris, sin mirar apenas, porque a esas horas del sábado el cuerpo ya trabajaba por memoria. Los llanos a la izquierda, los hondos a la derecha, las fuentes grandes apoyadas en vertical para que no ocuparan media bancada. El agua corría demasiado caliente; se lo llevaba diciendo al dueño del salón desde mayo, pero nadie arregla una caldera en un negocio que quiere dar impresión de abundancia mientras ahorra por dentro hasta en las bombillas del pasillo. Tenía una pequeña grieta en el pulgar derecho que volvía a abrirse cada vez que el agua pasaba cierta temperatura. Al principio escocía. Después dejaba de doler y esa segunda fase era peor, porque significaba que la mano ya había decidido trabajar sin pedir opinión. Al otro lado de la puerta batiente entraban los golpes amortiguados del salón principal: un aplauso largo, un brindis que no se entendía, la voz de un cantante contratado para dos horas y ya ronco a la primera. En cocina olía a jugo de carne, lejía y nata montada. Begoña Treviño, que llevaba la repostería y media parte del orden cuando podía con la espalda, sostenía una libreta cuadriculada manchada de yema y repetía el mismo dato por tercera vez. —A la doce le han salido dos tartas de más —dijo. —Pues alguien las ha sacado —contestó Maribel. —Eso ya lo sé. —Entonces no repitas el principio. Ve al final. Begoña cerró la libreta con dos dedos. Tenía sesenta y dos años y la costumbre de volver a las cifras como quien pasa el rosario. No por manía, pensó Maribel, sino por miedo a olvidar justo la parte que luego le iban a discutir. En Los Olivos todo acababa convertido en eso: en un recuento que había que defender. Cubiertos, horas, porciones, botellas, bandejas, vueltas de lavavajillas. Dinero prometido, dinero entrado, dinero pendiente. La noche avanzaba por un lado y por el otro la libreta seguía abierta. Los Olivos quedaba a unos minutos de la antigua carretera de Toledo, entre una gasolinera con cartel nuevo y una nave de cerramientos de aluminio. Por delante lo habían dejado bonito: piedra clara, jardineras, farolillos, césped artificial bien cepillado. Por detrás era otra cosa. Un pasillo de carga con contenedores de basura, cámaras a medio cerrar, un cuarto para bebidas donde siempre olía a cerveza derramada y un almacén que parecía ordenado solo desde lejos. Maribel llevaba once años entrando por detrás y conocía el negocio por esa parte, que era la única que importaba si alguien quería saber de verdad cómo aguantaba el edificio en pie. Oficialmente estaba contratada para fregado y apoyo de office. En la práctica sabía cuántas copas iban a romperse si ponían a Iván en barra, qué camarero dejaba tazas dentro del horno de mantenimiento para no volver a por ellas, qué horno perdía temperatura cuando soplaba aire en la salida del patio y cuántos kilos de hielo hacían falta si a la barra de la terraza la mandaban con dos cubos menos. También sabía otra cosa: que la nómina de junio había quedado coja. Seiscientos cuarenta y ocho euros con cincuenta entraron el siete de julio. Faltaban ciento noventa y ocho con cuarenta. De la de julio aún no había visto nada, y la estábamos terminando ya, pensaba Maribel, con las manos en el agua y la boda de otra pareja rebotando por las paredes. Mounir Belkacem pasó por la puerta con dos bandejas de platos fríos apoyadas en el hombro. Se detuvo un segundo, lo justo para comprobar si podía dejar caer la cabeza sin que se notara. —La mesa doce pide otra ronda de sorbete —dijo. —La mesa doce pide ya por deporte —respondió Maribel. —El padre dice que estaba incluido. —El padre dice eso porque no ha visto una comanda en su vida. Mounir dejó las bandejas, se pasó la mano por la nuca y volvió al salón. A Maribel le gustaba de él que no hiciera ruido cuando estaba cansado. Llevaba años sirviendo bodas y seguía tratando a la gente como si no fuera culpa suya querer una fiesta. Tenía el gesto contenido, los puños estrechos y un proyecto que todos conocían a medias: abrir con un cuñado un local de desayunos en Illescas, pequeño, de cafés bien hechos y tostadas de verdad, no los panes congelados que salían de Los Olivos. Para eso necesitaba llegar a fin de verano con algo de dinero limpio. Cada vez que Félix hablaba de pagos aplazados, Mounir se quedaba con la vista fija un momento más de la cuenta, como si estuviera viendo una persiana bajada. Félix Reneses apareció al poco rato en la puerta del office con una sonrisa de administrador prudente. Camisa blanca, mangas remangadas, corbata floja y el brillo de quien ha aprendido a retrasar malas noticias con una mano en el hombro. El salón era de su suegro, pero desde hacía años la cara visible era la suya. Cobraba, aplazaba, prometía, saludaba a las familias y ponía voz de normalidad cuando una boda salía adelante por costumbre ajena. —Maribel, cuando acabes, hablamos un momento. Ella no levantó la cabeza. —Si esperas a que acabe hoy, te vas a dormir vestido. —No te lo digo por nada malo. —Pues entonces dímelo ahora y me ahorras el suspense. Félix miró a Begoña, miró la pila de bandejas, miró la cámara semiabierta de postres y escogió la ruta de siempre. —Mañana te llamo. Lo vemos con calma. Maribel sacó un plato del agua, comprobó con el pulgar una raya de salsa seca en el borde y lo volvió a meter. —Lo ves tú. Yo lo espero. No hacía falta precisar más. En ese negocio todo el mundo sabía que “verlo” significaba pasar dos o tres días inventando un hueco, y “esperarlo” significaba pagar mientras tanto la compra, el alquiler o los libros del niño con el dinero que no llegaba. Maribel llevaba una libreta en el bolso, pequeña, con tapas negras. Apuntaba los importes igual que Begoña contaba tartas. Ciento noventa y ocho con cuarenta de junio. Setenta y tres con cincuenta de plus de transporte sin cuadrar en dos meses. Las horas de un bautizo de empresa en el que se habían quedado hasta las tres y cuarto fregando centros de mesa con cera. Su hijo Sergio se reía a veces de esas cuentas, como si fueran otra forma de mal genio. Pero esa libreta había pagado muchas veces la calma de no firmar deprisa. A las once y media salió al patio de carga con una caja de copas desportilladas para el contenedor de vidrio. El aire de fuera seguía oliendo a calor retenido en chapa. En la explanada, dos chóferes fumaban junto a un frigorífico vertical que ya no enfriaba y servía de armario para mantelería. Maribel dejó la caja, se secó las manos en el delantal y miró la línea de luz de la sala principal. Se oía al DJ decir el nombre de los novios como si acabara de descubrir la pólvora. Un poco más allá, junto a la puerta del cuarto de congelados, había un arcón blanco que llevaban semanas sin usar del todo. Antes guardaba marisco de reserva y tartas congeladas para dobles eventos. Ahora contenía cajas mal etiquetadas, hielo suelto y bandejas que subían y bajaban sin orden claro. Maribel lo vio de reojo, nada más, como se ve un mueble demasiado grande en la casa de otro. Todavía no sabía que iba a terminar ocupándole el pasillo. Mientras fumaban, uno de los chóferes decía que en otro salón de Aranjuez ya pagaban parte de las extras por bizum para no dejar tanto rastro. El otro respondió que eso era peor, porque al menos el sobre en mano daba vergüenza. Maribel los oyó sin meterse. Tenía razón uno y tenía razón el otro. Siempre aparecía alguna forma nueva de hacerte sentir desleal por pedir cuentas claras. Volvió dentro. La boda seguía. Había que sacar cafés, reponer hielos, recoger platos del segundo servicio, revisar si quedaba fruta bastante para la recena. Maribel cogió dos bandejas limpias y pasó a sala sin pensarlo mucho. Le habían dicho mil veces que no era su trabajo servir. Ella respondía que, cuando faltaba gente, el trabajo siempre acababa siendo de quien seguía allí. Avanzó entre mesas con la espalda recta, esquivando sillas, bolsos colgados y niños dormidos sobre las chaquetas de sus padres. La mesa doce era una isla de mujeres peinadas para durar hasta la madrugada. Una de ellas levantó una cuchara con gesto ofendido. —Esto no estaba frío. Maribel cogió el cuenco sin discutir. Lo tocó. Estaba frío, pero ya daba igual. —Le saco otro. No dijo señora, ni perdone, ni ahora mismo. La mujer la miró con ese desconcierto que deja la gente cuando descubre que el personal de detrás no se pliega del todo al tono de fiesta. Maribel volvió a cocina con el cuenco. Mounir se lo quitó de la mano. —Te la has ganado —dijo. —No me he ganado nada. La boda sigue igual de casada. Hacia la una, cuando la recena entró en bandejas de minihamburguesas y tortilla de patata, Begoña abrió una nevera y soltó un insulto corto. —Se han llevado los postres del servicio de mañana al frío grande. —¿Quién? —Félix dice que mañana no entra el género hasta tarde y que había que hacer sitio. Mañana era domingo. Había una comunión pequeña al mediodía y una cata para una pareja de Getafe por la tarde. Los postres preparados estaban en un frío que fallaba cada tres por dos. Maribel quiso preguntar para qué abrían reservas si no tenían caja para pagar julio, pero habría sido malgastar saliva. Fue, cambió de sitio tres bandejas y dejó los milhojas donde menos corrían peligro. Sus manos olían a nata fría y a agua de fregado. Casi al terminar, Félix volvió a acercarse. Esta vez traía un sobre marrón fino, de gestoría. Lo puso boca abajo sobre una mesa auxiliar de acero. —Mira, para ir tirando —dijo. Dentro había cien euros, dos billetes de cincuenta doblados sin más. Maribel no lo tocó. —¿Eso qué cubre? —Parte de lo pendiente. —¿Qué parte? —Maribel, tampoco me hagas ahora una auditoría en mitad del servicio. Ella abrió el sobre, miró los billetes y volvió a cerrarlo. —Lo que no hagas tú, me toca a mí. Se guardó el sobre en el bolsillo del delantal. En la libreta anotaría después: 27 de julio, efectivo entregado por Félix, cien euros a cuenta, sin recibo. No le calmó el gesto. Tampoco se lo esperaba. Lo único que consiguió fue darle otra cifra precisa al cansancio. Salió de Los Olivos a las dos y cuarto con una bolsa de panecillos de sobra y cuatro croquetas envueltas en papel de aluminio dentro de un táper. En el aparcamiento quedaban coches grandes, un autobús aún con motor tibio y la furgoneta de Sergio aparcada torcido junto a la valla. Había prometido recogerla esa noche, pero no estaba dentro. Solo la furgoneta. Maribel la reconoció antes por la puerta corredera abollada que por la matrícula. En el trayecto a casa fue contando farolas, como hacía cuando le ardían demasiado las manos para pensar en otra cosa. Cuando abrió la puerta del piso, Alba dormía atravesada en el sofá con una camiseta de unicornio y una toalla pequeña bajo la mejilla para no manchar el cojín de baba. Sergio estaba en la cocina, de pie, comiendo directamente del cazo. —Te he dejado la cena fuera porque no sabía a qué hora venías —dijo él. Maribel dejó la bolsa en la encimera. No dijo nada de la furgoneta ni de la hora. Se lavó las manos otra vez. El agua del grifo salió tibia y le pareció un lujo ridículo comparada con la del salón. Sergio seguía comiendo de pie, inclinado sobre el fogón apagado, con la cuchara raspando el fondo del cazo. Había calentado unas lentejas de dos días antes y las estaba terminando sin plato, como si sentarse también costara tiempo. —Hay panecillos —dijo Maribel, secándose las manos en un trapo limpio—. Y cuatro croquetas. Sergio levantó la vista hacia la bolsa. —¿Del salón? —No. Del Ritz. Él hizo media sonrisa, cansada, y dejó la cuchara dentro del cazo. —Le he dado de cenar a la niña a las nueve y media. Se ha dormido esperando. Maribel miró a Alba en el sofá. Dormía con un calcetín medio salido y un brazo colgando. La toalla pequeña bajo la mejilla estaba ya húmeda. Cogió las croquetas, las sacó del papel de aluminio y las pasó a un plato. —¿Y tú qué esperabas? Sergio se encogió de hombros. —No sé. He ido a por unas cosas a casa de Paula, luego me llamó uno de la nave para mañana, luego... —La furgoneta. —Mamá, de verdad, no podía estar en todo. Maribel abrió el frigorífico. Dentro había media cebolla envuelta en film, un táper pequeño de judías verdes, yogures de marca blanca y un brick de leche empezado. Metió los panecillos en una bolsa limpia, dejó las croquetas en la balda de arriba y colocó el táper del salón al fondo, detrás de la mermelada. Hacía esos movimientos sin pensar; cada hueco de la nevera lo conocía mejor que algunas calles del barrio. —No te estoy pidiendo que estés en todo —dijo—. Te estoy diciendo que si dejas una furgoneta en un aparcamiento ajeno a las dos de la mañana, luego el problema no se esfuma porque tú tengas sueño. Sergio apoyó ambas manos en la encimera. —He salido a las seis y media, he hecho Toledo, Parla y Getafe, he recogido a Alba, la he llevado con Paula, he vuelto a por unas facturas de la nave y luego quería volver al salón, pero se me echaron las horas encima. —Eso ya lo sé. Lo que no sé es por qué la parte que se te echa siempre encima acaba cayendo aquí. Sergio abrió la boca para replicar, pero en el salón Alba soltó una tos seca, una, dos veces seguidas. Los dos miraron hacia allí. Maribel fue primero. Se agachó junto al sofá y le apartó el pelo de la frente. La niña no tenía fiebre, pero respiraba con ese sonido tomado que se les quedaba a algunos críos al final del día, cuando ya habían corrido, llorado y tragado aire de coche. —Alba —dijo en voz baja—. Vamos a la cama. La niña abrió los ojos a medias. —No quiero la cama de silla —murmuró. Llamaba así al sofá desplegado. Maribel notó a Sergio detrás, quieto, con los brazos colgando. —Hoy duermes ahí conmigo —dijo él, demasiado deprisa, como si la solución hubiera estado disponible desde el principio. Alba alzó un poco la cabeza. —¿Y tú dónde? —Yo también ahí. Entre los tres, medio dormidos y cansados, recolocaron cojines, extendieron una sábana limpia y buscaron una almohada que seguía dentro del armario del pasillo. Alba se dejó mover con la docilidad de quien ya no tiene fuerza para discutir. Cuando volvió a cerrar los ojos, Sergio le puso al lado un peluche pequeño con forma de zorro que se había traído de la otra casa y que llevaba dos días perdido entre chaquetas. En la cocina, mientras él fregaba al fin el cazo, Maribel abrió el cajón donde guardaba medicinas y sacó el jarabe para la tos. —Mañana antes del cole —dijo. —No va al cole, es domingo. —Me refiero a pasado mañana. Si sigue así. Sergio asintió y se quedó mirando el bote, como si también aquello hubiera que gestionarlo con cita previa. —Paula dice que el pediatra no da hasta la semana que viene si no es urgencia. —Paula tiene razón. Ese ya no sonó desafiante. Sonó a agotamiento puro. Maribel lo oyó y no por eso le tuvo más paciencia, pero sí le vio un poco mejor la cara. Tenía ojeras marcadas, la barba subida por el cuello y una rozadura en el antebrazo, seguramente de cargar cajas. Sergio abrió el mueble de los vasos y tardó dos intentos en encontrar el grande. —¿Has movido esto? —preguntó Maribel. —Solo he puesto las tazas de Alba más abajo. —No las pongas donde no van. —Es para que llegue ella. —Y para que yo me dé con los codos cada mañana. Él dejó el vaso en la encimera. —Todo te molesta. Maribel se volvió despacio. —No. Todo no. Me molesta enterarme de que en mi cocina las cosas cambian de sitio sin que nadie piense quién pasa aquí diez veces al día. Sergio sostuvo la mirada dos segundos y luego la bajó. Cogió una croqueta fría del plato, la partió con los dedos y se la llevó a la boca. —No lo he pensado. —Ya. Antes de acostarse, Maribel revisó el bolso, sacó el sobre de Félix y dejó los dos billetes de cincuenta dentro de la libreta negra, entre el recibo de la luz y una hoja donde había apuntado precios de septiembre del año anterior. Después pasó por el salón. Sergio dormía mal colocado, una pierna fuera del sofá abierto y el brazo de Alba cruzado sobre el pecho. La tele estaba encendida sin voz. Maribel la apagó. En el pasillo, al volver a su cuarto, tropezó con una caja de herramientas apoyada contra la pared. No llegó a caer, pero el golpe seco resonó en toda la casa. Se quedó mirándola en la penumbra. La cogió por el asa y la metió debajo de la mesa del salón, donde ya casi no cabía nada más. Solo después entró en su habitación y cerró la puerta sin hacer ruido.