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La comida de los otros

El piso de Maribel tenía sesenta metros si se medían con optimismo. Dos habitaciones, un salón estrecho que daba a la carretera interior de la urbanización, una cocina alargada con el tendedero cerrado en aluminio y un pasillo donde dos personas no podían cruzarse sin girar un poco el cuerpo. Ella llevaba quince años allí, desde que el matrimonio se le desarmó sin escándalo y sin dinero bastante para vender con dignidad. El alquiler subía poco, que era una forma de subir mucho si los sueldos se quedaban quietos. En enero le habían renovado por otros tres años. Maribel había firmado con alivio y enfado al mismo tiempo, como si los papeles fueran una manera elegante de recordarle que seguiría contando metros durante bastante tiempo. Cada mueble estaba en un sitio que respondía menos al gusto que a la supervivencia. La mesa del salón iba pegada a la pared para que cupiera la cesta de la ropa. El zapatero de la entrada hacía de banco, de apoyo para bolsas y de aparcamiento provisional de mochilas. En la cocina había una balda alta donde Maribel guardaba lo que no quería discutir: papeles del banco, el contrato de alquiler, la libreta negra, una cadena fina de su madre y ciento veinte euros dentro de un sobre de farmacia. Sergio ocupaba ya la habitación pequeña, la que antes había sido de plancha, almacén de mantas y dormitorio ocasional de Alba algunos fines de semana. Había llegado dos semanas antes con dos bolsas de deporte, una maleta sin asa y una caja de herramientas. Dijo que era algo provisional, mientras encontraba otra habitación más cerca de la nave desde la que repartía recambios y mientras él y Paula terminaban de “organizarse”. Maribel no le preguntó qué significaba exactamente esa palabra porque la había visto usarse demasiado para nombrar cosas que otros acabarían sosteniendo. Le señaló un armario, un cajón libre en el baño y el horario del agua caliente, que era un invento suyo para no oír la caldera arrancando a la una de la mañana. Alba convirtió la llegada de su padre al piso de la abuela en una mudanza a medias. Unas semanas estaba dos noches, otras cuatro, otras solo pasaba por allí a esperar una recogida que se retrasaba. Había dejado una colección de gomas del pelo en el mueble de la entrada, dos cuentos debajo de la mesa camilla y una bolsa de natación que nadie terminaba de vaciar. Maribel la quería sin ceremonia. Le gustaba verla comer despacio, concentrada, o sentada en el suelo ordenando pegatinas por colores mientras el resto de la casa iba y venía. Pero también sabía cuánto ocupaba una niña en un piso sin tiempo: toallas húmedas, zapatillas cruzadas, preguntas a las ocho de la mañana, meriendas, horarios de recogida, fiebre un martes, notas del colegio con fecha para mañana. El cariño no quitaba espacio. Lo llenaba con otra cosa. La primera noche que Sergio durmió allí, Alba preguntó desde el sofá cama si eso quería decir que ahora su padre vivía “en la casa de siempre o en la otra de siempre”. Ni Sergio ni Paula supieron responderle. Maribel sí entendió la pregunta. Hay criaturas que detectan antes que nadie cuándo una casa ha dejado de ser lugar y se ha vuelto sistema de turnos. A la noche siguiente de la boda, Sergio llegó con la misma ropa del día anterior y una bolsa de farmacia colgada de dos dedos. —Le he cogido esto a la niña, que le vuelve la tos —dijo. Puso el jarabe encima del microondas como quien deja una coartada. Maribel estaba desmigando atún con tomate para hacer empanadillas al horno con la masa que le habían sobrado del salón. No miró el jarabe. —¿Y a qué hora piensas recoger la furgoneta del salón? Sergio se quedó quieto un segundo. Luego abrió el grifo para beber agua sin vaso. —Se me hizo tarde. —Ya lo vi. —Tenía que dejar a Alba con Paula, ir a la nave, volver, recoger unas cosas. —La furgoneta seguía allí a las dos y cuarto. —Mamá, no empieces, vengo reventado. Maribel giró una empanadilla con los dedos y la fue cerrando con un tenedor. Los dientes dejaron una línea torcida en la masa. —No empiezo nada. Estoy siguiendo lo que ya había empezado. Sergio llevaba en la cara algo de su padre cuando se quedaba sin margen: no una agresividad abierta, sino una forma de cansancio ofendido. Tenía treinta y cuatro años, un trabajo de repartidor de recambios con rutas que cambiaban cada semana y esa habilidad para enumerar dificultades reales como si juntas fueran una absolución general. Maribel no dudaba de que estuviera cansado. Lo que no aceptaba era que todo ese cansancio llegara siempre a descansar encima del horario de otro. El teléfono vibró sobre la mesa. Era Paula. Maribel lo vio en la pantalla antes de que Sergio estirara la mano. —Cógelo —dijo ella. Sergio dejó sonar dos veces más y atendió. —Sí… sí, ya sé… no, pero mañana entro antes… pues no puedo partirme en dos, Paula… no, no te estoy diciendo eso. Maribel siguió cerrando empanadillas. Oía la voz de la mujer como un murmullo afilado, suficiente para adivinar la velocidad. Paula no era una sombra ni un pretexto. Era una mujer de treinta y pocos, delgada, siempre con las ojeras subidas a la frente por falta de sueño, que trabajaba con turnos rotatorios en un almacén de preparación de pedidos en Parla y tenía menos ayuda de la que a Sergio le gustaba contar. La habían conocido en tiempos mejores, cuando él aún enlazaba contratos de logística con cierta alegría, y durante años Maribel pensó de ella solo lo que las suegras piensan cuando todavía creen que el centro de la historia está en su hijo. La separación le había corregido varias cosas, entre ellas esa. Sergio colgó con la mandíbula apretada. —Mañana me pide que recoja a Alba a las cinco y media porque le cambian el turno. Tiene formación obligatoria. Si salgo de Seseña a las cinco, no llego. Maribel siguió con la bandeja. —¿Y ella llega a todo? —No es lo mismo. —¿Qué parte no es la misma? Dímela despacio. Sergio se apoyó en la nevera. Miró a la puerta del salón, donde Alba dormía con una manta hasta la barbilla, y bajó la voz por primera vez en toda la conversación. —Si falto otra vez me echan de la ruta buena. Eso sí era una frase que Maribel entendía sin explicaciones. Ruta buena quería decir menos kilómetros de polígonos exteriores, menos cargas tardías, menos sábados improvisados. También quería decir el pequeño plus que a veces salvaba la gasolina. —Mañana yo salgo del salón a las cuatro y media si no alargan la cata —dijo ella. —¿La puedes coger tú? No lo preguntó con tono tierno ni miserable. Lo preguntó como se pide una herramienta al alcance de la mano. A Maribel la irritó esa naturalidad. —Puedo. Lo que no sé es si debo. Sergio se encogió de hombros, incómodo. —Si no puedes, me busco otra cosa. —Búscatela igual —dijo ella—. Y si luego no sale, ya vemos. Al día siguiente preparó dos táperes antes de irse: uno con arroz cocido y pollo desmigado para Alba, otro con ensalada de pasta para Sergio. Dejó apuntada la hora del colegio, el teléfono de Paula y el recordatorio del jarabe. Lo hizo enfadada, pero lo hizo bien. Esa era la clase de problema moral que le atravesaba las jornadas. Maribel no se engañaba con palabras grandes; sabía de qué estaba hecho su carácter. Si veía el agujero, tendía a taparlo. Después pasaba semanas resentida con el parche. Aquella tarde, cuando recogió a Alba, la niña salió con una carpeta rosa y una bolsa de deporte que se le caía del hombro. Se subió al coche sin alboroto y preguntó si podía merendar en casa de la abuela porque su padre llegaría más tarde. —Puedes merendar donde te dé la gana si primero te lavas las manos —dijo Maribel. Alba la miró como si esa fuera una excentricidad de adulta y no la ley básica del universo. En casa se sentó a hacer una ficha de sumas en la mesa del salón mientras Maribel tendía manteles del salón en el tendedero cerrado. Desde la cocina veía la cabeza oscura de la niña inclinada sobre el cuaderno. Le gustó esa imagen y le dio rabia a la vez, porque la belleza doméstica siempre salía más barata cuando la pagaba la misma persona. Sergio llegó a las siete y veinte. Entró disculpándose ya desde la cerradura. —Había un atasco de la leche en la A-42, luego un cliente en Pinto que se ha puesto tonto con una pieza, luego… Maribel no dejó que acabara. Le señaló la mesa, la merienda recogida, la hoja de sumas hecha, el jarabe administrado a su hora. Sergio se calló solo. Alba levantó la vista un momento y volvió al dibujo que había empezado al dorso del cuaderno: una piscina, tres personas y una nevera roja en medio del césped. Maribel se acercó a mirarlo. —Eso no es una nevera —dijo Alba—. Es un cofre. —Mejor —contestó Maribel—. Las neveras siempre acaban llenas. Esa noche, cuando por fin se acostó, abrió la libreta de tapas negras y sumó en la esquina de una hoja: alquiler 610, luz 58 en junio, compra 93, crema manos 18,60, gasolina Sergio que no era suya pero ya veríamos, colonia del colegio 12, excursión de Alba 17. Luego apuntó debajo: junio pendiente 198,40. Julio entero. Cerró la libreta y apagó la lámpara. Tardó en dormirse porque en la habitación de al lado Sergio seguía moviéndose, abriendo cajones, buscando un cargador, pidiendo en voz baja unas llaves que no estaban donde él las había dejado. Maribel escuchó todo con los ojos cerrados. La casa parecía pasarse lista a sí misma. A la mañana siguiente la cocina amaneció ocupada antes de las siete. Sergio buscaba una camiseta limpia de Alba mientras el tostador escupía pan por un lado y la niña, sentada en una silla demasiado alta para ella, intentaba ponerse sola unos calcetines con unicornios. Maribel salió del cuarto con el pelo recogido a medias y vio que el pasillo estaba tomado por una mochila rosa, una bolsa de piscina, las botas de trabajo de su hijo y una chaqueta vaquera caída sobre el zapatero. —Eso no puede estar ahí —dijo. —Ya voy —respondió Sergio desde la habitación pequeña. No iba. Estaba revolviendo un cajón donde la mitad de las cosas ni eran suyas ni tenían por qué haberse movido. Maribel apartó la mochila con el pie, enderezó las botas y abrió la nevera. Había dejado preparada la noche anterior una tortilla francesa envuelta para el desayuno de Alba porque la niña, si se la ofrecían temprano, comía huevo sin protestar. Ahora la tortilla ya no estaba. —¿Dónde está lo de la niña? Sergio apareció con una camiseta en una mano y la tortilla doblada en un trozo de pan en la otra. —Le he hecho un bocata. Maribel miró el pan demasiado grande para esa boca pequeña y el goteo de aceite sobre la encimera. —Eso no es hacérselo. Es construirle una obra pública. Alba soltó una risa breve, todavía con un calcetín a medio poner. Sergio también se rió, pero poco, porque el teléfono le vibró en el bolsillo. Miró la pantalla. —Es Paula. Atendió con el hombro mientras seguía buscando unas gomas del pelo que nadie sabía dónde estaban. —Sí... sí, ya sale... no, el inhalador no lo tengo yo... pues estaría en tu coche, Paula... no me digas ahora... Maribel levantó la vista. —¿Qué inhalador? Sergio tapó un momento el micrófono. —Dice que el pequeño, el azul. Que lo dejó aquí el martes o el miércoles. —Aquí no. Alba los miraba a los dos sin hablar. Tenía esa expresión seria de los niños cuando detectan que una conversación gira en torno a ellos y, sin embargo, nadie les explica nada del todo. —Dile que baje y lo miramos en la bolsa de piscina —dijo Maribel. Paula llegó cinco minutos después, sin subir del todo las escaleras. Se quedó en el primer rellano, todavía con el bolso cruzado, la coleta mal hecha y una acreditación del almacén colgándole de la cremallera. Traía cara de haber discutido con el reloj antes de salir de casa. —Perdón —dijo, antes de nada—. Lo necesito por si vuelve a pitarle el pecho. No había grandilocuencia en su voz, solo premura. Sergio abrió la bolsa de deporte sobre el rellano como si estuviera registrando un equipaje ajeno. Sacó un gorro, una toalla húmeda, una chancleta suelta, un dibujo doblado y por fin el inhalador azul, aplastado contra una botella vacía de agua. —Aquí. Paula exhaló por la nariz, lo cogió y comprobó la carga. —Gracias. Alba apareció detrás de Maribel ya peinada de cualquier manera. Llevaba el bocadillo enorme sujeto con las dos manos. —Mamá, mira, hoy me lleva papá. Paula le besó la frente sin entrar del todo. —Y luego te recojo yo de inglés, si no me cambian otra vez el turno. —¿Y si te lo cambian? Paula miró de reojo a Sergio. Fue un segundo. —Pues os aviso antes. Maribel, desde dos escalones más arriba, veía bien la escena: la bolsa abierta en el suelo, el inhalador azul en la mano de Paula, Alba con el bocadillo impracticable, su hijo en calcetines en mitad del rellano, todavía sin haber metido dentro la chaqueta del zapatero. Aquella familia se estaba sosteniendo a base de objetos que subían y bajaban por las escaleras: mochilas, jarabes, gorros, papeles de colegio, una muda limpia, unas llaves que nunca estaban donde tocaba. —La mochila de natación se vacía hoy —dijo Maribel, más al aire que a nadie. Paula levantó la vista. —Se vacía. No sonó a obediencia. Sonó a acuerdo operativo. Cuando se quedaron solos otra vez, la casa parecía haber expulsado de golpe una cantidad absurda de aire. Maribel recogió del suelo una goma del pelo que nadie había usado, limpió con un trapo la mancha de aceite que el bocadillo había dejado en la encimera y entró en la habitación pequeña. Sobre la cama seguían la maleta sin asa, una camiseta de Alba enrollada y un cargador colgando de un enchufe como si allí siempre hubiera vivido alguien más. Maribel abrió el armario. En un lateral había dejado sitio para Sergio: tres perchas, dos cajones vacíos y la balda baja libre. Seguía medio ocupar porque él aún funcionaba como si fuera a irse al día siguiente. Las bolsas no deshechas, los cables enroscados en la mesilla, las camisas de trabajo dobladas dentro de una caja de cartón. Sacó las perchas, colgó dos polos, metió los calcetines en un cajón y dejó la caja de herramientas debajo de la cama. El desorden provisional era la manera más rápida de perderle la mano a una casa. Antes de salir encontró detrás del cabecero una carpeta de Alba con dos dibujos y una nota del colegio arrugada. Era una autorización para una salida del mes siguiente, sin firmar. La alisó sobre la colcha, leyó la fecha y la dejó encima de la mesa del salón, junto al bolígrafo negro. Luego volvió a la cocina, se sirvió un café y se lo tomó de pie. Desde la ventana se veía el aparcamiento interior de la urbanización, tres coches con polvo, un seto mal recortado y una señora sacudiendo un mantel desde el bajo. Maribel apoyó la taza en el alfeizar un segundo. Esa misma mañana, antes de las ocho, ya había intervenido en un desayuno, una recogida, una búsqueda de inhalador, un peinado de niña y una reordenación de armario que oficialmente no le correspondían. Luego terminó el café, lavó la taza y se fue a trabajar.