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La comida de los otros

La comunión del domingo fue peor que la boda del sábado porque traía luz de día, que es la hora en que se ven con más claridad las costuras. Maribel llegó a las ocho menos cuarto y se encontró a Iván descargando cajas de refrescos solo por un lado de la furgoneta, como si el peso se repartiera por simpatía. Las cámaras de postres estaban demasiado llenas, una bandeja de salmorejo había quedado destapada y Begoña llevaba media hora al teléfono con su marido, que no encontraba una factura del banco y había metido en la nevera las gafas leyendo una carta de la comunidad. —Se la he dejado encima del microondas, te lo juro por mis muertos —repetía Begoña, con la manga del uniforme arremangada hasta el codo para no mancharse de cobertura—. Encima del microondas, Juanjo. No dentro del cajón de las sartenes. Encima. Maribel le quitó la manga pastelera de la mano y siguió terminando doce vasitos de limón mientras ella hablaba. Begoña le dio las gracias sin mirarla. Cuando colgó, tenía la voz cansada de antes de empezar el servicio. —Otra vez se ha confundido con los papeles —dijo—. Ayer quiso pagar el gas en la farmacia. Maribel colocó los vasitos en una bandeja. —Si quieres irte un momento después del primer plato, te cubro media hora. —¿Y quién te cubre a ti? —Nadie. Por eso lo digo yo. El salón pequeño estaba reservado para ochenta y seis personas. Comunión de niña única, familia de Valdemoro, presupuesto medio con exigencias altas. Mounir repasó la distribución de mesas y señaló la doce con el dedo, ya por costumbre, aunque a esas alturas se había convertido casi en un chiste interno. La doce siempre era la que quería una silla más, otra copa, un cambio de menú, que bajaran el aire, que lo subieran, que el sorbete llegara antes o que llegara después porque ahora justo iban a salir los niños al jardín. Daba igual quién se sentara allí: desde ese sitio todo parecía más reclamable. Antes de abrir puertas, Félix reunió al equipo durante cuarenta segundos exactos. Dijo sonrisa, agilidad, atención al detalle. No mencionó que faltaba una camarera, que el café había llegado con una caja menos y que el congelador del pasillo volvía a cerrarse mal. La retórica de los salones, pensó Maribel, consiste en pedir excelencia con infraestructura de mercadillo. A media mañana faltó una camarera eventual. Había mandado un audio de cuarenta segundos diciendo que el niño se le había puesto malo. Félix lo reprodujo delante de Mounir con una media sonrisa resignada, como si la maternidad ajena fuera una pequeña forma de sabotaje. Mounir tragó saliva, reorganizó rangos y acabó mandando a Maribel a sacar cafés después del postre. —Solo media hora —dijo él—. Si no, no llegamos. Maribel salió a sala con delantal limpio sobre el uniforme y una bandeja de porcelana caliente que pesaba más de lo necesario porque alguien había decidido llenar las tazas hasta el borde para no dar dos viajes. Pasó entre mesas escuchando pedazos de conversaciones sobre viajes, campamentos y el precio de los dientes del ratón Pérez. Le divertía, en días buenos, ver cómo la gente hablaba del dinero cuando estaba rodeada de flores y aire acondicionado. En días malos lo único que hacía era cansarla más. En la mesa doce una mujer con anillos gruesos pidió leche sin lactosa, otra preguntó por una infusión que no estaba en la minuta y un hombre señaló el plato de su madre como si Maribel hubiera cocinado ella misma el lenguado. —Está frío. Maribel apoyó la bandeja en el aparador auxiliar. —¿Desde hace cuánto? El hombre no esperaba la pregunta. —Pues… ahora. —Si lleva diez minutos hablando, no se lo voy a discutir. Se lo cambio. La madre, una mujer pequeña, la miró con una mezcla de vergüenza y alivio. Cuando Maribel se llevó el plato a cocina, Mounir soltó el aire por la nariz sin levantar la voz. —Con esa cara un día te van a hacer un monumento o te van a denunciar. —Antes me pagan julio —dijo ella. Félix llevaba toda la mañana entrando y saliendo con un móvil pegado a la oreja. Había aprendido a usar expresiones blandas para asuntos duros: reestructuración de calendario, ajuste de tesorería, revisión de personal, cambio de fase. A las dos de la tarde la comunión iba razonablemente bien, así que aprovechó para repartir pequeñas cantidades en efectivo a dos camareros fijos y al chófer. Lo hacía en sobres como si fueran premios discretos. A Maribel no le ofreció nada hasta el final. —Te puedo pasar ciento cincuenta esta semana y el resto en cuanto cobre una reserva de septiembre —le dijo junto a la máquina de hielo. —¿Qué resto? —Lo tuyo de junio y parte de julio. —Lo mío de junio son noventa y ocho más si descontamos lo de anoche. Lo de julio no se parte, Félix. O está o no está. Él habló más bajo, como quien entra en zona técnica. —Estoy aguantando el negocio para no cerrar en seco. Si cierro en seco, os vais todos al paro y no veis ni una. —Si aguantas así, nos vamos igual y además te hemos financiado el verano. Félix hizo un gesto de paciencia. Era un hombre bastante corriente al que el deterioro de un negocio le había enseñado a mover el daño por la mesa hasta encontrar el borde menos caro para él. Sabía que Maribel trabajaba más de lo que decía su contrato. Sabía que Begoña ya no estaba para muchas madrugadas. Sabía que Mounir necesitaba dinero para salir por su cuenta. Usaba ese conocimiento como otros usan una llave inglesa. La comunión terminó casi a las seis. Cuando el último coche salió del aparcamiento, quedaron platos por recoger, dos bandejas de merluza intactas porque los niños habían pedido croquetas, una tarta cortada solo por la mitad y seis panes de hogaza sin tocar. Maribel organizó las sobras con la eficacia de siempre: lo que podía aprovecharse para personal, lo que había que tirar, lo que entraría en la cena de los chóferes si seguían de desmontaje. No se llevaba comida por hambre; se llevaba comida porque no soportaba ver la buena ir a la basura mientras luego había que discutir en casa si el pescado se compraba ese miércoles o se esperaba al viernes. Metió en dos bolsas unos panecillos, media bandeja de tortilla y tres yogures cerrados que nadie iba a echar de menos. Begoña añadió a última hora un táper con crema pastelera y dos trozos de bizcocho. —Para la niña —dijo. —Para mí también mastica —respondió Maribel. A la salida, Mounir se encendió un cigarro que no pensaba fumar entero. —Mi cuñado ha encontrado un local de cuarenta metros. Si consigo la cafetera y la tostadora por menos de mil doscientos, igual nos lanzamos en octubre. —¿Y de dónde sale octubre? —preguntó Maribel. —De esperar a que agosto no nos remate. Él hablaba mirando al suelo, dibujando con la zapatilla en el polvo del aparcamiento. Maribel le dio una de las bolsas de pan. —Llévatelo. Antes de que mañana Félix lo venda también por unidades. En casa, Alba estaba sentada frente al ventilador del salón con un cuaderno abierto y las piernas pegadas al sofá. Sergio aún no había llegado. Había dejado un mensaje: reparto largo, atasco en Getafe, no me esperéis. Maribel colocó las bolsas sobre la encimera y fue sacando el botín con el cuidado de una contable. Pan aquí. Tortilla allá. Yogures al fondo. La crema pastelera en un recipiente más pequeño para no ocupar media nevera. Alba apareció a su lado sin hacer ruido. —¿Eso de dónde sale? —preguntó. —De una comunión donde no han comido lo que encargaron. —¿Y por qué no se lo guardan? Maribel cerró la puerta de la nevera. —Porque hay gente que paga la fiesta como si el lunes no existiera. Alba no entendió la frase y tampoco hacía falta. Se fue con su cuaderno al salón. Maribel la vio marchar y pensó que a cierta edad uno todavía cree que las cosas sobran de verdad. Más adelante aprende que solo cambian de mano. Aquella noche no encendió la tele al llegar. El calor seguía pegado a las paredes y la cocina olía a tortilla enfriándose y a yogur abierto. Maribel sacó la libreta pequeña, no para hacer cuentas todavía, sino para ordenar la comida del día siguiente. Apuntó en una hoja arrugada: lunes, cena pan + tortilla; martes, crema con panecillos; yogures primero. Lo hizo sentada en la punta de la silla, con Alba pintando a su lado un pez naranja que no se parecía a ningún pez real. —¿Eso también lo apuntas? —preguntó la niña, señalando la libreta. —Lo que entra y lo que sale. —Como en una tienda. —Más o menos. Alba siguió coloreando. Maribel abrió el frigorífico y volvió a recolocar los restos. La bandeja de tortilla ocupaba demasiado. Sacó media, la pasó a un recipiente más pequeño y envolvió el resto en papel de aluminio. Los yogures los puso delante del todo para que Sergio no abriera otros nuevos por simple pereza. El salmorejo ya había empezado a coger agua en la superficie, así que lo removió despacio y lo dejó preparado para la cena. Sergio llegó cerca de las diez con la camisa pegada a la espalda y un olor de gasoil caliente que entró en casa antes que él. Dejó las llaves en el zapatero y fue directo a la nevera. —No abras así —dijo Maribel. —¿Cómo? —Como si detrás hubiera una segunda nevera mejor. Sergio se quedó quieto, mano en el tirador. —Tengo hambre. —Ya lo veo. Abrió de todos modos. Cogió uno de los yogures del fondo en vez de los de delante, apartó la tortilla con el antebrazo y dejó la puerta mal cerrada al sacar una botella de agua. Maribel se levantó, la volvió a empujar con dos dedos y sacó un plato. —Te siento. —No hace falta, de verdad. —Te siento yo, sí. Le puso un trozo de tortilla, dos panecillos y un cuenco con salmorejo. Así se ahorraba migas en la encimera, un cuchillo mal dejado y otro plato en el fregadero. Alba lo miraba desde el salón. —Eso lo ha traído la abuela de una comunión. Sergio se sentó. —La abuela lo ha salvado de una comunión. La niña pensó un momento. —¿La comida también se salva? Maribel estaba ya en el fregadero, aclarando un vaso. —A veces. —¿Y de quién era antes? Sergio sonrió, con el primer trozo de tortilla a medio cortar. —De unos desconocidos muy finos. —¿Y ahora? —Ahora, si no preguntas demasiado, de esta cocina —dijo Maribel. Alba aceptó la respuesta y volvió al pez naranja. Sergio comió deprisa los primeros bocados y más despacio los siguientes, como le ocurría siempre cuando el cuerpo dejaba de defenderse del hambre y empezaba a notar el cansancio real. —Paula me ha dicho que el miércoles quizá no pueda recogerla de inglés —dijo, sin levantar la vista. Maribel siguió secando el vaso. —¿Quizá? —Tiene inventario. Dice que lo confirma mañana. —Lo confirma ella. Lo resuelves tú. —Ya. Ese ya podía significar cualquier cosa: lo entiendo, no tengo solución, cállate un rato, ya veremos. Maribel no lo aclaró. Sacó una bolsa de basura pequeña y tiró dos cortezas secas de pan del sábado. Sergio señaló la libreta abierta. —No hace falta que apuntes hasta la tortilla. —No apuntarla no la multiplica. Él dejó el tenedor. —Te lo digo porque parece que todo pesa el doble cuando lo escribes. Maribel se volvió hacia él. —No. Pesa lo mismo. Lo que pasa es que escrito ya no puede disimularse. Sergio no replicó enseguida. Miró a Alba, luego el cuenco ya casi vacío, luego la libreta. Se limpió las manos con la servilleta de papel como si estuviera pensando en otra cosa. —Hoy he preguntado por una habitación en Seseña —dijo al fin—. Doscientos noventa con gastos. Compartida con dos chavales que entran y salen de noche. —¿Y? —Y que si me llevo a Alba algunos días allí, Paula me mata. —Y con razón. Sergio levantó la vista un momento. No discutió. —Además me piden mes y medio de fianza. La conversación quedó abierta como se quedan las ventanas cuando todavía entra calor y nadie sabe si merece la pena cerrarlas. Alba vino a enseñarle a su padre el dibujo. Había añadido una nevera roja en la piscina, igual que la tarde anterior. —No es nevera —corrigió ella sola—. Es cofre. Sergio soltó una risa cansada. —Pues guárdanos ahí, que igual cabemos mejor. Alba se rió por la palabra cabemos, sin entenderla del todo. Maribel no. Cogió el dibujo, lo dejó secando sobre el microondas y mandó a la niña al baño a lavarse los dientes. Cuando por fin se quedó la cocina en silencio, Sergio llevó el plato al fregadero y preguntó si al día siguiente podía dejar una caja pequeña de la nave en el salón un par de días. —¿Qué caja? —Herramientas y unas muestras. Hasta que me aclare. Maribel cerró la libreta. —No traigas nada que no sepas cuándo sale. Sergio apoyó ambas manos en el fregadero y asintió sin convencimiento. Luego se fue al salón a recoger a Alba medio dormida. Maribel se quedó sola dos minutos más. Guardó la libreta, tocó con el dedo el borde del táper de tortilla y comprobó que todavía quedaba frío suficiente. Después apagó la luz de la cocina.