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La ropa mojada

Martín empujó el cubo con la cadera porque la rueda delantera se quedaba clavada cuando giraba a la izquierda. Llevaba dos horas fregando el mismo pasillo en secciones cortas: la puerta de aislamiento, la máquina de café averiada, el tramo donde un celador había dejado marcas de camilla y el rincón junto a la ventana, donde siempre aparecía una tierra fina que nadie sabía de dónde salía. El teléfono vibró en el bolsillo del pantalón cuando estaba cambiando el agua. Se secó el guante en el mandil antes de mirar la pantalla. Laura. No descolgó a la primera. Su hermana llamaba a esa hora solo por dos motivos: porque había un muerto o porque alguien quería convertirle una mañana en un trámite. A la segunda llamada levantó el móvil con la mano libre. —¿Sí? —Te la dan de alta hoy. El cubo siguió avanzando unos centímetros hasta chocar con el zócalo. —¿A quién? Laura tardó medio segundo en responder. Ese medio segundo era una forma de insulto. —A mamá, Martín. ¿A quién va a ser? Del otro lado se oía una voz de mujer diciendo algo sobre una cama que hacía falta. Su hermana bajó el tono. —He venido antes de entrar al súper. Dicen que ya no tiene nada que justifique seguir aquí. Que la caída ha sido una caída y no un ingreso. Tienes que venir a firmar el alta o dar tu número para el taxi. Martín miró el pasillo. A las seis y cuarto no había nadie salvo una enfermera con una bandeja y un hombre en pijama que arrastraba el gotero como si tirara de un perro viejo. —Salgo a las siete. —Pues a las siete y cinco la cama ya la querrán para otro. Te lo digo como me lo han dicho a mí. Cortó sin despedirse. Martín se quedó con el móvil en la mano. En la pantalla, sobre la hora, había una mancha blanca de lejía que no se iba nunca. Guardó el teléfono y miró el cubo. El agua gris tenía una espuma cansada, del mismo color que los fluorescentes cuando parpadeaban al final del turno. Terminó el pasillo más deprisa de lo que estaba bien. No dejó suciedad, pero tampoco dejó ese orden que a él le gustaba, ese brillo sin orgullo que al menos indicaba que alguien había pasado por allí con un mínimo de respeto. Fátima lo vio desde la curva del control de planta. —Te vas antes —dijo. No era una pregunta. —Le dan el alta a mi madre. Fátima apartó una bolsa de residuos para dejarle paso. —Pues vete. Yo te cierro el cuarto de curas. Martín quiso decirle que no hacía falta. En cambio dijo gracias y siguió andando con el palo de la fregona al hombro, como si saliera de una obra. Su madre estaba sentada en una silla junto al ventanal de Medicina Interna, con el abrigo puesto a pesar del calor pegajoso de junio. Llevaba el pelo aplastado por detrás y unas medias color carne que le quedaban flojas en los tobillos. En el regazo tenía una carpeta amarilla con papeles doblados. A sus pies, una bolsa de plástico transparente guardaba un camisón, una bata y ropa interior aún húmeda en la entrepierna. —Ya era hora —dijo Amparo, pero no parecía enfadada con él sino con el mundo entero por seguir funcionando tan deprisa. Laura se levantó del borde de la ventana. Tenía puesto el uniforme del supermercado debajo de una chaqueta vaquera y ojeras de dos colores. —Hay que firmar aquí, aquí y aquí. Le han cambiado una pastilla, esta de la mañana. Lo demás te lo explicará la enfermera si la encuentras. Martín cogió la carpeta. No entendió la mitad de lo que leyó. Fragilidad. Riesgo de nueva caída. Supervisión en la higiene. Recomendación de apoyo familiar. Como si las palabras fueran muebles que pudieran meterse en una casa porque sí. —¿Y ayuda a domicilio? —preguntó. Laura soltó una risa sin humor. —Te han visto la cara y han pensado que mejor ya si eso en otro siglo. La enfermera apareció con prisa suficiente como para explicar mucho en poco tiempo y poco de verdad. Que mejor cama baja. Que cuidado con el baño. Que si comía menos, urgencias. Que si se desorientaba, acompañarla. Que intentaran que no pasara sola demasiadas horas. Lo dijo mirando a Laura, que ya estaba recogiendo el bolso. —Yo entro en diez minutos —dijo ella—. No puedo más. Nadie respondió porque la frase era cierta y al mismo tiempo inútil. Bajaron en ascensor los tres. Amparo llevaba un olor mezclado de colonia antigua, sudor de hospital y tela mojada. Al salir a la calle, la luz les dio de lleno en los ojos. Martín paró un taxi y metió primero la bolsa de la ropa, luego a su madre, luego la carpeta. En casa no había sitio para nada nuevo. El piso tenía dos habitaciones pequeñas, una cocina que obligaba a girarse de lado y un salón donde Joel dormía desde hacía dos meses en un sofá que ya no cerraba bien. Martín abrió la puerta y lo primero que vio fue a su hijo con un brazo fuera de la manta, todavía vestido con la sudadera negra de repartir. El casco estaba en el suelo, junto a una pizza fría mordida por una esquina. —No hagas ruido —susurró Amparo, como si el chico tuviera seis años. La llevó hasta su cuarto despacio. El baño quedaba al fondo del pasillo. Demasiado lejos para la noche. Demasiado estrecho para entrar con ella del brazo sin golpearse con el marco. Miró alrededor: la silla, la mesita, el armario con una puerta descolgada, la cama individual pegada a la pared. Después salió a la cocina y abrió debajo del fregadero. Encontró un cubo de plástico azul, de los de fregar. Lo vació de pinzas viejas, una bayeta endurecida y una botella casi vacía de amoniaco. Lo dejó junto a la cama, por si no llegaba al baño, por si vomitaba, por si había una noche de las otras, de las que nadie anuncia y luego lo ocupan todo. Amparo lo miró un momento y no preguntó para qué era. Ese silencio le hizo más daño que cualquier otra cosa.

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Cap. 2