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La ropa mojada

El papel del alta estuvo todo el día sobre la mesa de la cocina, al lado del azucarero roto y de una pila de sobres sin abrir. Martín lo miró varias veces sin leerlo. Cada vez que veía una frase nueva, aparecía detrás otra tarea, otra compra, otro gesto que requería tiempo del que ya no disponía. Joel se levantó cerca del mediodía. Se quedó un rato apoyado en el marco de la cocina, con la cara hinchada de dormir mal y el pelo aplastado por un lado. —¿Ya está aquí la yaya? —Ya está aquí. —¿Y cuánto tiempo? Martín lo miró. Su hijo tenía diecinueve años y la pregunta exacta de alguien mucho más pequeño. —Hasta que podamos montar otra cosa. Joel asintió, como si hubiera entendido. Luego abrió la nevera y la cerró sin coger nada. —No hay leche. —Tampoco hay otra habitación. El chico no contestó. Cogió la pizza fría de la noche anterior y se fue al balcón mínimo que daba al patio interior. Allí fumó a escondidas sin esconderse, con el móvil en la mano y la camiseta levantada por el calor. Amparo durmió mal la siesta. Se despertaba cada veinte minutos para preguntar qué hora era, luego cerraba los ojos, volvía a abrirlos y preguntaba dónde habían puesto su bolso marrón. Martín se lo enseñó tres veces. A la cuarta, ella lo abrazó contra el pecho como si alguien fuera a quitárselo. Por la tarde bajó a la farmacia con la receta nueva. Volvió con un ticket largo y una bolsa corta. El farmacéutico había marcado con boli las tomas en las cajas: mañana, noche, si dolor, si no evacúa, si ansiedad. También le preguntó si necesitaba empapadores de cama. Martín dijo que ya vería. No quería ver. Quería que las cosas se mantuvieran durante unos días en una zona sin nombre, donde todavía se pudiera pensar que aquello era una visita larga y no un cambio de vida. Laura llamó a las seis. No preguntó cómo estaba su madre. Preguntó si había conseguido que comiera. —Media tortilla y dos yogures —mintió él. —Tienes que vigilar el agua. Y la medicación. Y que no se levante sola. Y lo del baño. —Ya me lo han dicho en el hospital. —Pues haz caso. Después llegó la parte del dinero, que siempre llegaba. Laura tenía una hija en bachillerato, alquiler en Sant Adrià y turnos partidos. Podía ayudar un fin de semana alterno y poco más. Lo dijo sin dramatismo y por eso dolió más. No había pelea posible contra una cuenta bien hecha. Cuando colgó, Martín se quedó sentado frente al papel del alta. En la esquina superior, alguien había pegado una etiqueta con el nombre de su madre y un código de barras. Debajo, en un apartado titulado Observaciones, podía leerse: paciente orgullosa, minimiza sus limitaciones. Le dio rabia que una desconocida la hubiera resumido tan bien. Al caer la tarde intentó llevarla al baño. Amparo se enfadó por tener que apoyarse en él. —Puedo sola. —Claro. —No me hables como al tonto de tu tío. Su tío llevaba nueve años muerto, pero Martín no dijo nada. La ayudó a sentarse, esperó fuera y escuchó el silencio demasiado largo al otro lado de la puerta. Cuando entró, la encontró mirando el suelo, avergonzada como una niña mayor de lo permitido. Había llegado tarde. No hubo drama. Eso fue casi peor. Ella se dejó limpiar en silencio. Él cambió las medias, aclaró el camisón en la bañera y lo escurrió con torpeza. El agua salió gris al principio, luego transparente. Tendió la tela junto a la ventana del patio, donde apenas corría aire. La bolsa de plástico del hospital seguía en el suelo, húmeda por dentro. Martín la vació en un cubo, pero el olor se quedó en la habitación. No era un olor insoportable. Era doméstico, íntimo, irreversible. Más tarde, cuando Joel se fue a repartir una hamburguesa al Poble-sec, Martín volvió a sentarse en la cocina. Abrió el documento hasta la última página y encontró una línea que antes no había visto: recomendable valoración para centro de día o recurso de apoyo si la red familiar resulta insuficiente. Red familiar. Como si aquello fuera una malla nueva, sin agujeros, y no tres personas cansadas tirando de un extremo distinto. Miró el reloj. Tenía que volver al hospital a las diez. Calculó cuánto tardaría en dejar la cena preparada, en acostar a Amparo, en despertarla si había que darle la pastilla, en convencer a Joel de que no saliera si ella se levantaba. Los minutos se le amontonaron en la cabeza como cajas mal apiladas. Antes de irse, dejó otro vaso de agua en la mesilla y el cubo azul más cerca de la cama. Amparo lo vio y giró la cara hacia la pared. —No me mires así —dijo él. —No te estoy mirando. Pero lo estaba mirando en todo lo que evitaba decir.