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La ropa mojada

La cama plegable la encontró en una aplicación de segunda mano. Cincuenta euros, barrio de Sants, recogida en mano. El anuncio decía usada solo dos veranos, lo que significaba exactamente lo mismo que no preguntes demasiado. Martín fue a buscarla después de dormir tres horas partidas y antes de entrar a su siguiente turno. El vendedor era un hombre en camiseta interior que vivía en un bajo oscuro y tenía la cama apoyada contra un bidón de pintura. Le ayudó a meterla en el ascensor sin quitar la colilla de la boca. —Aún aguanta —dijo, dando dos golpes a la estructura de hierro—. Para alguien joven va perfecta. Joel la miró en casa con una expresión que mezclaba resignación y pudor. —No pasa nada —dijo—. Ya me apaño. La cama iba para él, para despejar el sofá del salón y dejar sitio por si alguna noche había que sacar a Amparo de su cuarto o si el baño quedaba demasiado lejos. Nada en el piso servía para una sola función durante mucho tiempo. Todo acababa siendo otra cosa: mesa y escritorio, pasillo y tendedero, cubo y orinal preventivo. Laura apareció esa tarde con dos bolsas del supermercado y el cansancio de siempre pegado a los hombros. Revisó la habitación de su madre, la medicación, el baño, la cocina. No hablaba mientras miraba. Emitía un juicio completo solo con ir pasando por los sitios. —Aquí sola no puede estar —dijo al final. —Ya lo sé. —Y tú tampoco puedes salir de noche como si nada. —No salgo como si nada. Voy a trabajar. Laura dejó las bolsas sobre la mesa. —No empieces. —Has empezado tú. La discusión duró poco porque no tenía energía para durar más. Ella ofreció llevarse a Amparo dos noches, como máximo, el fin de semana siguiente. Él dijo que ya verían. Laura respondió que él siempre decía ya veríamos cuando quería decidir solo. La frase se quedó colgada en la cocina mientras Amparo llamaba desde el cuarto preguntando si estaba su madre en casa. Fátima le cubrió la entrada esa noche. Martín llegó doce minutos tarde y el nuevo supervisor estaba de pie junto al control, todavía con la camisa demasiado planchada para la hora que era. Se llamaba Soria. Sonreía antes de pedir algo y eso era peor que la brusquedad. —A partir del lunes cambiamos el sistema de fichaje —dijo, reuniéndolos en el almacén de limpieza—. Se acabó firmar en papel. Tendréis terminal nuevo en la entrada de personal. Huella y hora exacta. Nadie preguntó nada porque todos entendieron la traducción. Hora exacta significaba que los minutos regalados dejarían de parecer voluntarios y pasarían a desaparecer sin más. Soria siguió hablando. —Además, desde este mes centralizamos el control de consumibles. Guantes, paños, empapadores, celulosa, bolsas de lencería. Cada módulo tendrá responsable. No es una persecución. Es orden. Fátima, a su lado, ni siquiera levantó la vista. Estaba doblando bolsas amarillas para residuos biosanitarios con la concentración de quien ya conoce el teatro y no piensa intervenir. —¿Responsable quién? —preguntó un hombre de quirófanos. —La persona asignada a cada tramo. Os pasaremos el cuadro. Martín notó un movimiento pequeño en el estómago. Pensó en la lista de cosas que aún tenía que comprar para su madre y en el precio de los empapadores que había mirado por la tarde sin decidirse. Esa noche fregó una habitación donde una anciana dormía boca arriba con la boca abierta y una televisión sin volumen encendida frente a ella. En la mesilla había una botella de agua, una estampita de la Virgen y una bolsa con ropa limpia. Miró la bolsa más tiempo del necesario. No por deseo. Por cálculo. Al salir, Fátima le dijo en voz baja: —No dejes que te vea llegar tarde muchas veces. Este viene con ganas de justificar el cargo. —¿Y tú cómo lo sabes? —Porque todos vienen igual al principio. Volvió a casa casi a las seis. Joel dormía ya en la cama plegable, con las piernas fuera por abajo. En el salón quedaba libre el sofá por primera vez en semanas. Esa libertad daba más miedo que alivio. Entró en el cuarto de su madre para ver si respiraba tranquila. Amparo dormía de lado, con una mano debajo de la mejilla. El cubo seguía en su sitio. En el suelo, junto a la mesilla, había quedado la bolsa transparente del hospital, arrugada como una piel abandonada. Martín la recogió, la dobló y la metió dentro del armario. No quería verla por ahí. No quería que ninguna cosa del hospital se quedara en casa más de lo imprescindible. Dos noches después saldría del almacén con una mochila más pesada. Todavía no lo sabía del todo, pero el cuerpo empezaba a saberlo por él.